Cuando lo viste, tan pequeño y rebelde, luchando por hacerse un hueco entre los más grandes, supiste que era el tuyo. Corriste hacia él mientras tus padres te observaban con una sonrisa ilusionada. Al llegar a su lado frenaste en seco, lo miraste con asombro y acariciaste tímidamente sus hojas. La conexión inmediata que sentiste fue muy intensa. Tenía un verde chispeante en las hojas y su tronco comenzaba a adquirir el característico tono marrón de la corteza joven. Estuviste alrededor de media hora contemplándolo, hasta que tus padres te cogieron y te llevaron a casa, con la imagen de tu árbol aun brillando en las pupilas.[...]
Esa noche soñaste [...]