03 noviembre 2013

En frente del ordenador

La barra parpadea. Esa pequeña línea que te mira, impaciente por desplazarse. Está a la espera, quiere dejar su rastro, sus sentimientos. No quiere que pares, demuestra el deseo de las teclas de ser pulsadas. Esperan sin paciencia a que tus dedos las recorran, plasmando en el vacío, dejando una huella. No es un proceso, no hay un fin. La música atrona en tus oídos, los dedos vacilan. Ya no saben que decir, se han quedado vacíos, laxos. Les falta vida, les falta piel por la que deslizarse, piel que acariciar, otra mano con la que enredarse. Necesitan contacto humano, otra vida a la que aferrarse. Las teclas son tan sólo un pobre sustituto, un cuadrado frío que apenas reacciona al contacto. No hay arrugas que descubrir, sólo una superficie perfectamente lisa. No hay diminutos pelitos que entorpezcan el tacto, sólo los apenas perceptibles relieves de las letras sobre la tecla.

[...]

Así no se puede.