La barra parpadea. Esa pequeña línea que te mira, impaciente
por desplazarse. Está a la espera, quiere dejar su rastro, sus sentimientos. No
quiere que pares, demuestra el deseo de las teclas de ser pulsadas. Esperan sin
paciencia a que tus dedos las recorran, plasmando en el vacío, dejando una
huella. No es un proceso, no hay un fin. La música atrona en tus oídos, los
dedos vacilan. Ya no saben que decir, se han quedado vacíos, laxos. Les falta
vida, les falta piel por la que deslizarse, piel que acariciar, otra mano con
la que enredarse. Necesitan contacto humano, otra vida a la que aferrarse. Las
teclas son tan sólo un pobre sustituto, un cuadrado frío que apenas reacciona
al contacto. No hay arrugas que descubrir, sólo una superficie perfectamente
lisa. No hay diminutos pelitos que entorpezcan el tacto, sólo los apenas
perceptibles relieves de las letras sobre la tecla.
[...]
Así no se puede.
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