16 diciembre 2013

Los mejores

[...]
-¡Eh, mirad, están aquí! ¡Hemos conseguido encontrarles!
-No ha sido tan difícil como nos lo pintaban, solo hemos tenido que superar unas pocas trampa, pero todas muy previsibles.
-¡Dios mío, apenas tienen ropa, deben estar cerca de la hipotermia!
Me acerco a los pobres niños que nos miran entre esperanzados y temerosos, sin terminar de creerse que realmente van a salir de ese infierno helado. Me parece todo un poco irreal, el sabio nos había dicho que íbamos a enfrentarnos a las peores pruebas, que nuestros límites mentales y psíquicos serían puestos a prueba. Pero ahí estábamos, en el final del viaje, en nuestro destino final. La niña que estaba próxima a mí extendió un brazo tembloroso y corrí a su lado. Sin dudarlo, me quité el abrigo y se lo puse alrededor, gesto que agradeció con una tímida sonrisa. Poco a poco fuimos repartiendo nuestras prendas de ropa entre los ateridos niños, pero pronto nos dimos cuenta de que eran demasiados y nosotros muy pocos. 
-No podemos quitarnos más prendas, nos congelaremos nosotros!
-Pero no podemos dejar que los niños se congelen, necesitan nuestra ayuda, para eso hemos venido. Además con el ejercicio de andar, seguro que entramos en calor.
Así pues, repartimos nuestras prendas entre los niños que faltan, que nos miran agradecidos.
Nos disponemos a ponernos en marcha, repartiéndonos los niños que no pueden andar para cargar con ellos a lo largo del recorrido. Pero cuando vamos a cogerlos, vemos que pesan demasiado, como si fuesen de piedra. En ese momento me doy cuenta. Es otra maldita trampa
-¡Coged todos los abrigos que podáis! ¡Deprisa! ¡Es una trampa!
Pero ya es demasiado tarde. Miro con consternación como nuestros preciados abrigos se funden con las estatuas de piedra en las que se han convertido los niños. Además siento que la temperatura empieza a descender aun más. Nos miramos consternados.
-¿Ahora que?
-Tenemos que intentar seguir adelante, mantenernos en movimiento para no perder el calor. 
Empezamos a avanzar y notamos que empieza a levantarse un fuerte viento, y al poco rato empieza a caer la nieve, que no tarda en convertirse en una tormenta. No podemos evitar separarnos, y me encuentro en soledad, en un mundo blanco, aislado de sonidos y colores, con los pies y las manos cerca de la congelación y empezando a sufrir los primeros síntomas de la hipotermia. Empiezo a comprender que ha llegado mi hora, que he fracasado en esta empresa que me propuse tras enterarme de la terrible noticia, y me arrepiento de haber arrastrado conmigo a tan buenas personas. Empiezo a comprender por qué dicen que siempre se van los mejores, porque los mejores son los únicos que arriesgan, que se atreven a vivir la vida plenamente, con todos los riesgos que eso entraña, preocupándose antes por los demás que por ellos mismos. 
Ya estoy entrando en una especie de trance, como en un sueño febril en el que me cuesta distinguir ficción de realidad y mis pensamientos se descontrolan. Me imagino un mundo en el que nadie se cuide a sí mismo, sino que se dedique a cuidar a los demás y a mirar por los demás. Eso nos dejaría a todos con un montón de personas preocupadas por nosotros, provocaría un bienestar tan profundo que es inimaginable. Me doy cuenta de que estoy desvariando y de que hace rato que he dejado de moverme. La nieve me cubre hasta las rodillas y no tengo fuerzas para intentar sacar las piernas. No siento las manos ni los pies y supongo que ya los tengo congelados. No puedo controlar los temblores ni distinguir nada más allá del blanco, que poco a poco se va oscureciendo. Mi mente moribunda me dice que dentro de poco veré aparecer una luz que tengo que seguir, que debo dirigirme al final del túnel. Pero no hay túnel. Solo una blancura cada vez más negra que se cierne sobre mi conciencia y sé que ya no tengo salvación. Lo último que pienso es en la imagen que debo tener, con las piernas enterradas en la nieve, la camiseta blanca indistinguible del fondo y la piel azul. Toda azul, manos, cara, ojos, cejas, pelo y bigote azul.

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